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Existe una gran cantidad de personas que llegan a los consultorios de psicología preocupados por el desgaste laboral. Tal vez no sea su motivo de consulta principal pero muchas veces se evidencia el nivel de estrés que quedarse “atrapado” por el trabajo supone en sus vidas. Por supuesto, hay trabajos que son demandantes, exigentes o delicados (incluso, trabajos que incluyen estas tres características y más) como por ejemplo los dueños de camiones de carga, los empresarios que tienen diferentes negocios, los médicos quienes lamentablemente tienen la presión de salvar vidas y de no enfrentarse a pacientes insatisfechos y muchos empleados con sus diferentes actividades en el día a día. La lista definitivamente es larga.

Pero no quiero ahondar en este tipo de labores sino en quienes la desempeñan; debemos prestar más atención a las personas (a nosotros mismos) y no tanto al tipo de trabajo y sus características. Cuando nos involucramos demasiado en un trabajo, la gran mayoría de veces nos invaden pensamientos tales como: “debo tener listo todo”, “mejor me encargo de eso yo, pues los otros no lo hacen tan bien”, “debo estar al tanto de estas tareas pues los otros no tienen el cuidado suficiente”, “debo dar esta impresión a mis jefes”, “el trabajo es lo único importante” etc.  Ese tipo de pensamientos muchas veces nos dejan atrapados, encadenados o anclados a la oficina. Una buena técnica de abordar esta situación es cómo interpretamos nuestro trabajo, o más bien el trabajo como concepto. Es bueno recordar que el trabajo nunca tiene fin, es un proceso que tiene sus bemoles y sus vicisitudes pero que luego de superarlos vendrán otros y luego otros más y así por el resto de nuestros días. Por lo tanto, atiborrarse de pensamientos (y sobre todo, darles fuerza o importancia) será francamente inútil. ¿Qué sentido tiene preocuparse por labores a las 12 de la noche cuando nada puedo hacer y cuando debo dormir?

Parte del malestar que producen estos pensamientos, así como su origen, es la falta de control que percibimos. Es decir, sentimos que las tareas son abrumadoras y que por lo mismo no podemos hacer nada. Una grandiosa técnica es detectar cuáles son esas obligaciones que necesitamos responder y explicitarlas muy bien, puede ser en un cuaderno o en un papel. Lo siguiente es evaluar cómo lo voy a hacer, dónde voy a hacerlo y cuando lo voy a hacer. Por ejemplo: “Tengo que tratar X tema con mi jefe. Para ello, voy a buscarlo en su oficina con el fin exponerle el caso. Ya en su oficina, voy a contextualizarlo de la situación, le voy a plantear estos hechos (a, b y c) y luego le plantearé cómo afecta el trabajo de todos y el mío. También intentaré llevarle posibles respuestas al problema para que juntos podamos construir una única solución. Voy a hacerlo después del almuerzo cuando esté desocupado de reuniones y esté con el estómago lleno, porque con hambre él se pone de mal genio.” Este tipo de raciocinio nos da control de la situación lo que nos pone en un lugar privilegiado. De esa forma no estaremos angustiados sino estaremos preparados para dicho escenario. En definitiva, no nos estaremos pre-ocupando sino ocupándonos.

Otra opción que podemos considerar, es que nosotros no solamente somos una profesión una formación o una disciplina; no solamente somos ingenieros, administradores, contadores, publicistas o comerciantes. Muy posiblemente X persona es un administrador de empresas, pero también es esposo o novio, pero también es papá y posiblemente también es hijo o hermano o sobrino. También puede ser amigo y vecino. Debemos tener claro que tenemos diferentes roles y diferentes funciones en nuestra vida y que por lo mismo debemos prestarle atención a esas otras áreas donde el trabajo no tiene lugar. Por ejemplo: “Hoy cuando llegue a casa voy a evitar decirle a mi novio solo lo de mi trabajo. Más bien le propondré que salgamos a cenar y planear nuestro viaje de vacaciones.” Cuando trazamos esas líneas, ponemos límites, que nos protegen y mantienen nuestra armonía y eficiencia.

El último aspecto a considerar es nuestra idiosincrasia. Conocernos muy bien, sobre todo nuestros gustos, placeres y creencias. Alguna vez, una persona que tenía un cargo directivo en una empresa me contó que cuando llegaba a su casa prefería que su familia no le preguntara nada en particular de su trabajo, ni preguntaran por sus actividades del día. Al contrario, le gustaba saber de otros asuntos como por ejemplo la jornada escolar de sus hijos, hablar de su familia extensa o de los planes de descanso para el fin de semana. A esa persona esa técnica le funcionaba perfectamente para trazar sus límites y levar el ancla para irse a su hogar. Hay otras personas que deben buscar alguna actividad para descargarse y desconectarse de su trabajo. Una gran forma de hacerlo es el juego. Bien sea de tirarse al piso a armar una pista de carros con su hijo o jugar a las escondidas, o bien, darse un descanso de una hora frente al televisor relajándose y divirtiéndose con un videojuego. A muchas personas incluso, les funciona ver televisión algún programa light de poco contenido y poca profundidad que les sirva de distracción y de alivio de su jornada. Es posible que usted lector, le guste salir a caminar, comerse una hamburguesa o tomarse una copa de vino. Es cuestión de conocerse y echar mano de sus recursos personales.

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