ideas

Como seres humanos estamos equipados con numerosos mecanismos biológicos y psicológicos que nos han permitido sobrevivir. Gran parte de la responsabilidad de esta supervivencia se la lleva nuestro cerebro: quizás una de las estructuras más extraordinarias del planeta. Sin embargo, esa masa retorcida y estrujada de un poco más 1 kilo, que se encuentra protegida por nuestro cráneo, en ocasiones se vuelve un tanto problemática.

Parte de las funciones de nuestro cerebro se conocen como funciones cognitivas (inteligencia, memoria, pensamiento, aprendizaje, etc.). Dentro de estas funciones aparecen asuntos más sutiles (pero no por ello menos importantes) como nuestras creencias, ideas, pensamientos e interpretaciones. Este tipo de factores muchas ocasiones se vuelven en nuestra contra y nos producen eso que llamamos malestar o sufrimiento. ¿Pero cómo funciona esto? Simple: hace algunas décadas, el gran psicólogo Albert Ellis -con formación inicial en psicoanálisis- planteó este asunto con un esquema muy sencillo en forma de ABC.

Frente a alguna situación “A” (suceso, evento, imagen, vivencia) tenemos ciertas creencias y pensamientos que Ellis llamaba “B”, de las cuales se deprenden consecuencias emocionales y de  comportamiento, llamadas “C”. Pongamos un ejemplo sencillo y claro: un compañero de trabajo no me saludó esta mañana cuando nos cruzamos por el pasillo (A). Pensé: “debe estar bravo conmigo”; “¡qué antipático!”; “no me gustó nada su actitud” (B); ahora, si me lo encuentro mañana ni lo miraré, creo que ya no le caigo bien y no soy de su agrado (C).

Si nos ponemos a analizar esta cadena de eventos que con sus variaciones y modificaciones, podemos verla reflejada en nuestras actividades del día a día, en nuestro trabajo, con nuestra pareja, con figuras de autoridad, con clientes e incluso con desconocidos, algo clave en esta secuencia no es en sí la situación, sino cómo la evaluamos (la letra “B” de la que venimos hablando).

Muchas ideas acerca de las situaciones que vivimos, las inventamos y generamos nosotros mismos; es algo que yo llamo auto-sabotaje y que nos produce ese concepto de moda denominado “estrés”; nos genera malestar, desarmonía, sufrimiento e incluso dolencias o enfermedades físicas. Algunos de esos semi-infiernos que nos provocan estas ideas, vienen de discursos que tenemos en nuestra mente como: “no debo llorar porque eso me hace ver débil”; “debo hacer todo el trabajo y más porque de lo contrario no quedo bien como profesional”; “no puedo creer que esta persona reaccione así cuando yo he hecho todo bien”, entre muchas otras.

A veces no es solamente tener este tipo de creencias y de ideas sino también, la fuerte intensidad que les damos, dicho en otras palabras: les creemos demasiado. Por lo tanto, es necesario darnos cuenta cómo reaccionamos frente a diferentes estímulos y qué tipo de cosas son las que interpretamos y creemos. Finalmente, cuando empezamos a hacer este tipo de monitoreo (el cual no es fácil y suele requerir alguna ayuda terapéutica) nos libramos de múltiples cargas, evitamos fuentes de estrés adicionales y somos más felices y tranquilos con nuestra vida y nuestra cotidianidad.

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